La cara es el espejo del alma

¡Qué sabio es el refranero! Podríamos estar horas en cualquier calle de cualquier ciudad observando diferentes rostros y llegando así a tener una idea de cómo son sus poseedores. “Este es un amargado”, “aquella ha pasado mala noche”, ”ese hace meses que no pilla”, “necesitas All Bran, querida”, “¡anda coño, uno que sonríe! ¿Se habrá equivocado?”

No obstante, ¿es verdaderamente el alma de las personas lo que percibimos en su cara? Pueden no estar en su mejor momento y no por ello su alma deja de ser pura y limpia en esencia, como la de todos. Su cara en todo caso reflejaría lo que sienten en ese momento, aunque ni siquiera ellos mismos lo sepan, su “estado de vida” en pocas palabras. Tampoco debemos dejar aparte nuestra propia percepción o estado de vida. El estado de vida puede venir determinado por infinidad de circunstancias acaecidas a lo largo de nuestra existencia y que hacen de nosotros lo que somos. Los budistas hablan de diez “Estados de La Vida” o “Diez Mundos”, que van desde infierno, la condición más baja en la que la persona y su entorno padecen terrible sufrimiento, hasta la budeidad o iluminación, y que podemos estar subiendo y bajando por los diferentes estados a merced de los vientos de la vida como las pelusas de los chopos mientras no tomemos conciencia de que podemos alcanzar la iluminación.

Dejando al margen consideraciones religiosas o espirituales, por las que siento un profundo respeto, sí querría quedarme con la utilidad de esta interpretación que hacen los budistas. Es la toma de conciencia lo que hace que dejemos de estar a merced de los vaivenes de la vida. Que no quiere decir que éstos  vayan a desaparecer, sino que vamos a estar en mejor disposición para manejarlos y sobre todo que no nos van a ocasionar sufrimiento y por tanto lo que traslucirá nuestra expresión será serenidad y esto es lo que aportaremos a nuestro entorno.

Cualquiera que nos encontremos en nuestro devenir vital no deja de ser un espejo que nos pone por delante lo que llevamos dentro. Mi cara es un espejo de tu alma y tu cara es un espejo de mi alma. Si te acercas a alguien cargado de prejuicios no dudes ni por un momento que la primera impresión que te va a dar su cara corroborará tus sospechas. Y si te acercas a otra persona cargado de amor y buenos sentimientos eso mismo es lo que verás reflejado porque todo ello está dentro de todos y cada uno de nosotros. Si lo que deja ver tu rostro es paz y serenidad, es posible que llegue alguien enfadado, pero  su enfado se disolverá mientras esté tratando contigo, “dos no se pelean si uno no quiere”, aunque luego siga enfadado y a merced de los vientos, como la pelusa del chopo.

No es bueno acercarse a nadie con una idea preconcebida o con expectativas en una u otra dirección porque el tiempo y el trato lo equilibran todo y aquel que tú pensabas que te apuñalaría por la espalda descubres que es una persona perfectamente normal, lo que le hace ganar puntos en tu consideración, y el que creías un santo termina defraudándote por ser simplemente humano. Es mejor estar abiertos a lo que nos venga. Cualquier persona que entra en nuestra vida es un maestro que viene a ponernos por delante una lección que tenemos pendiente y a descubrir en nosotros aspectos que ni siquiera sospechábamos y así deberíamos aceptarlo, igual que nosotros sin comerlo ni beberlo pondremos a otros por delante detalles y lecciones que tienen pendientes. Y no olvidemos que el ser humano como mejor aprende es a base de palos en la vida. Si algo duele o molesta nos damos más prisa en intentar resolverlo. Tan solo hay que tenerlo presente, sin obsesionarse, porque corres el riesgo de ser demasiado analítico y acercarte a los demás con demasiado ruido de fondo en la cabeza, y ese ruido ahoga los latidos del corazón, que bastante ahogado está ya en esta sociedad moderna.

Ese que te cae tan mal se ha cruzado en tu camino para algo, y tú en el suyo, no lo olvides, y seguramente cuanto peor te caiga de mayor importancia debe ser la lección que te pone por delante. ¿Vendrá de ahí lo de “quien bien te quiere te hará llorar”? ¡Qué sabio es el refranero!

 

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