La llamada de Dios

Desde muy antiguo el ser humano ha sentido la llamada de lo espiritual. En ocasiones para tratar de dar respuesta a las preguntas que como especie nos planteamos, los ya sabidos “de dónde venimos y a dónde vamos” o para explicar los fenómenos de la naturaleza. Nuestro conocimiento del funcionamiento de la vida es mucho mayor que el de nuestros antepasados, sabemos que el Sol no es un dios, sino una estrella alrededor de la cual gira esta bola, sí, es redonda no plana, en la que vivimos. Sabemos cómo funcionan muchos de los ciclos que nos rigen y por qué. El día y la noche, las estaciones, las mareas. Incluso sabemos en gran medida cómo funciona nuestro cuerpo por dentro, podemos repararlo cuando enferma, utilizar órganos como si fueran recambios y hasta traer a algunos de vuelta de la muerte, siempre que no estén “muy muertos”, claro.

Desde el siglo XVIII, el siglo de las luces, de la Ilustración, se viene abogando desde los círculos intelectuales por la progresiva separación de los estados y las diferentes confesiones religiosas. Es en aquella época cuando se empieza a hablar de las religiones como superstición. Más adelante sería Karl Marx el que se referiría a la religión como el opio del pueblo. Ambas posturas no son de extrañar conociendo la historia de opresión y control político realizado por las diferentes religiones en Europa desde muy antiguo, incluso antes de que el Imperio Romano adoptara el cristianismo como religión oficial. Los poderes religiosos decidían guerras, reyes y fronteras y, no contentos con esto, mantenían al pueblo bajo un férreo control mediante la estrategia del miedo. El miedo al castigo físico que podían infligir tribunales como la Inquisición y el miedo a un castigo aún peor, un castigo que no concluía ni siquiera con la muerte y que te condenaba a padecer durante toda la eternidad los peores tormentos imaginables. Las iglesias antiguas de toda Europa aún conservan escenas grabadas en piedra o pintadas en cuadros y paredes destinadas a mantener a la gente con la mirada baja ante el temor que infundían.

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Ante semejante abuso es normal que desde hace tiempo y a medida que hemos ido avanzando en libertades y alfabetización el pueblo haya dado la espalda a las iglesias y que el número de vocaciones religiosas haya descendido de forma ostensible. Gracias a la separación entre Iglesia y Estado no necesitamos pasar por la iglesia para estar legalmente casados, o estar bautizados para figurar como habitantes de pleno derecho. Mucha gente lo sigue haciendo por tradición, pero lo cierto es que se puede vivir por completo al margen de la religión. El ser cura tampoco te convierte en personaje relevante o influyente como en tiempos pasados, de manera que ha dejado de ser una salida laboral atractiva para los que, fuera de una vocación sincera, buscaban medrar socialmente o dentro de la poderosa Iglesia.

En los últimos tiempos parece estar produciéndose una especie de resurgir de la espiritualidad. Llegan corrientes que no tienen mucho que ver con la tradición católica, la imperante en España, bien sean chamanismos procedentes de América, todos juntos o por separado, da lo mismo; antiguas tradiciones religiosas de oriente, hinduismo, budismo o una mezcla de todo ello; en ocasiones un resurgir de las viejas tradiciones precristianas europeas de tipo druídico y gente, una más conocida que otra, que está volviendo a la fe católica o abrazando diferentes tipos de confesiones cristianas.

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Sin duda el nivel intelectual medio de la sociedad europea es más alto que durante el siglo XVIII, ¿a qué podría deberse esta vuelta a la búsqueda espiritual? Durante mucho tiempo muchos científicos se han opuesto radicalmente a la creencia en que exista Dios, o en un “más allá” de lo puramente palpable mediante los cinco sentidos físicos. En cambio no es raro últimamente escuchar noticias de tipo científico en las que un señor con bata blanca menciona directamente a Dios o plantea teorías tan insólitas que serían propias de formar parte de un dogma religioso. ¿Se están volviendo supersticiosos?

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En mi opinión, la humanidad como conjunto está experimentando algo parecido al desarrollo de cualquier individuo. Cuando somos recién nacidos y durante los primeros meses de vida, nos creemos el centro del universo. El bebé lo merece todo y tiene que ser ya, si no empezará a llorar hasta que lo consiga. También manifiesta una fe absoluta en que su madre le resolverá cualquier necesidad que se le presente. Conforme vamos creciendo y adquiriendo conocimiento, nos damos cuenta de lo grande que es el mundo y de la cantidad de cosas que ignoramos. Nuestro cuerpo es más grande, pero somos cada vez más pequeños en comparación con el conocimiento que vamos teniendo y cuando llegamos a la madurez y adquirimos sabiduría, llegamos a ese punto del “solo sé que no sé nada”. Creo que es en ese punto en el que nos encontramos como sociedad, y cuando no sabemos tratamos de encontrar nuevas respuestas.

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Soy muy respetuoso con todas las opciones religiosas o espirituales, tanto me da el que elija probarlas todas, quedarse con la de toda la vida, tratar de encontrar las respuestas en lo que le dice la ciencia o sencillamente no creer en nada más allá de cualquier consideración puramente física. Yo por mi parte sí creo que hay algo más, que no alcanzo a entender y por supuesto no puedo explicar, creo que es algo bueno y que es para todos sin distinción, pero, ¿quién puede saberlo? No sabemos nada.

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