“El lobo estepario”, de Hermann Hesse

Infinito y único es para nosotros, los inmortales, el menor momento.

Viendo silenciosos vuestras pobres vidas inquietas,

mirando en silencio girar los planetas,

gozamos del gélido invierno espacial.

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La desolada estepa se alza ante los tristes y salvajes ojos del lobo. Ya es viejo, está cansado. Recorre el paisaje desolado y a su alrededor sólo ve incomprensión. Sólo absurdo. ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Ha sido antes, acaso, un hombre? No, lo sigue siendo. Es hombre y lobo. Recorre la triste estepa de la existencia. Aúlla desesperación ante el mundo, que espera pasivo a la guerra. Que se rinde a la muerte, y hasta la desea. Así anda taciturno el lobo.

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Hermann Hesse dió magistralmente vida a este lobo y hombre, lamentándose de una vida en la que se había olvidado la risa, y advirtiendo de una Segunda Guerra Mundial que se calentaba en el horno, allá en 1927, cuando esta obra maestra fue publicada. Más tarde el libro sería quemado y censurado por el nazismo. Estremecedoramente parecidas a las de hoy, Hesse disecciona las enfermedades de la sociedad burguesa, perdida entre dos guerras.

Con el Lobo Estepario nos pondremos en la piel de Harry, un hombre maduro, que en un principio fue simplemente hombre. Un burgués, ansioso de seguridad, de responsabilidad y de cinismo. Un hombre moderno. Pero también creció en él el Lobo, su otra mitad salvaje, natural, instintiva y destructora. ¿Pero Harry sería realmente solo dos almas, una de lobo y otra de hombre, encerradas en un cuerpo, o mucho más que eso? En los profundos párrafos de El Lobo Estepario se resuelven estas cuestiones, no sólo ya concernientes a Harry, sino a toda la especie humana. La obra trasciende entre lo real y lo fantástico. No está falta de simbolismo y alegorías, tanto a ideologías como a comportamientos humanos. Es una inmersión psicológica, espiritual, en el personaje de Harry, el lobo estepario.

Llegaremos incluso a presenciar sus diálogos con inmortales como Goethe o Mozart. Asistiremos a la caída hacia la muerte, y al resurgimiento de las cenizas. Oiremos el terrible y arrebatador grito a la vida, a la alegría. Una obra imprescindible y ligeramente histórica (en el sentido de definir el sentimiento de los hombres de entreguerras). Y tal vez, con un poco de suerte, el lector pueda, aunque solo sea un momento, acariciar la inmortalidad, sentir trascender su espíritu más allá de los límites de la existencia, y aprender a reír. A reirse de la pobre forma con la que percibimos las cosas, y maravillarnos de aun asi poder ver el amor en los ojos ajenos.

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